viernes, 20 de septiembre de 2013

El Fantasma del Tercer Piso
Gwen Tyler


Lara tembló. No era la primera vez que se encontraba ahí y aquella horrible sensación de un miedo inexplicable le era familiar. Hacía frío en el tercer piso, siempre hacía frío desde aquel suceso que sin éxito trataba de olvidar. Al formarse las imágenes otra vez en su cabeza volvió a temblar. No le quedaban ganas de pensar en ello, ¿a quién le gustaría pensar en algo así? Pero los recuerdos se negaban a marcharse. Debía haber cierto encanto en seguir torturándola.
            Nadie la acompañaba. Los latidos de su corazón eran lo único que escuchaba; y es que necesitaba estar sola en ese lugar, una parte de su alma que aún se sentía culpable lo pedía a gritos desde hace tiempo.
            Una y otra vez Lara revisaba sus manos. Por momentos creía que de un segundo a otro aparecerían chorros de sangre deslizándose por sus pálidos y delicados dedos, esa sangre carente de culpas que durante sus constantes pesadillas acababa derramada encima de la blusa azul claro que de alguna forma terminó ardiendo en las llamas del secreto.
            Tras corroborar que nadie la observaba se sentó en el suelo y comenzó a llorar. No había día en que, al caminar por el tercer piso durante su horario de clases, no experimentara ese maldito temblor en las rodillas y aquella sudoración en las manos propia del nerviosismo que causa el saberse acechado. Se sentía conectada a algo o a alguien, no lo sabía con claridad y no podía explicarlo. La única certeza que tenía era que nunca podría ser libre de esa presencia.
            Levantó la mirada. Las nubes se comportaban de manera extraña, con ese tono grisáceo que poco a poco van adquiriendo los ojos de un moribundo, como si dentro de su letanía el cielo le advirtiera que algo estaba por venir. Algo en el ambiente la asfixiaba, o tal vez era sólo el peso de sus culpas, la carga de una vida en sus sudorosas manos, la penumbra del arrepentimiento en una conciencia de por si oscura. Y esa presencia… esa presencia que se negaba a dejarla.
            — ¿Qué es lo que quieres? — preguntó Lara.
            No hubo respuesta. El silencio decidió unirse al juego. Ese asqueroso juego enfermizo que la castigaba desde que él  había muerto; desde que ella lo había matado.
            — ¡No obtendrás nada de mí!
            Su invisible interlocutor seguía jugando. Lara no pudo escuchar nada parecido a una voz, ni siquiera a un lamento, pero si aquella presencia. Aquella presencia seguía ahí.
            Fue el sonido de pasos a su espalda lo que la obligó a levantarse con el corazón palpitando en su pecho de una manera escabrosa. Ahora el fresco aroma de una noche de septiembre se mezclaba con el perfume de él, ese que Lara nunca sería capaz de olvidar, ese que se coló en su nariz mientras él exhalaba su último aliento.
            Entonces entendió. Lara entendió que no habría salida, que ninguna palabra que dijera fallaría a su favor. Estaba entre las garras de un enemigo vengativo que deseaba sumergir sus propias manos en la sangre que le había dado la muerte; un enemigo que había sido víctima en primer lugar.
            Lágrimas desesperadas cayeron por el rostro de la chica. Ahora no podía controlar los temblores.
            — ¡Lo siento! — dijo —. ¡Lo lamento tanto! ¡No fue mi intención! ¡Nunca quise…! ¡Yo no…! ¡Por favor, perdóname!   
            Sus palabras sonaron vacías, ecos de un acto mal intencionado que ella nunca pudo olvidar, de una pésima decisión tomada en el peor momento y con la persona equivocada. Por mucho tiempo Lara intentó deshacerse de ese recuerdo. ¡Como si fuera igual de sencillo que arrojar a un río el arma homicida! Debió ser consciente de que tarde o temprano el pasado volvería por ella.
            Lara trató de bloquear las imágenes pero cualquier intento resultaba tan vano como detener los rayos del sol con una mano. Se veía a sí misma atacando con crueldad a un hombre que yacía en el suelo de aquel mismo piso, rogando por una piedad que no conseguiría. Veía el cuchillo caer una y otra vez y la sangre manchando su ropa y sus brazos, veía su mirada poseída y al mismo cuerpo en el piso dejando de luchar.
            Corrió sin querer mirar atrás, aterrorizada por lo que podría encontrar. Hacía cinco meses que él había muerto y no sabía en qué condiciones se hallaba para el momento de su reencuentro…
            No había alcanzado las escaleras todavía cuando, pensando en la apariencia que su atacante tendría, Lara tropezó y cayó al suelo. Claro, no podría abandonar el lugar, pensó. Si una venganza sería consumada tenía que ser ahí. Donde él había cerrado los ojos para siempre ella lo haría también.
            Unas manos la tomaron por los hombros y cuando por fin pudo verlo, directamente a esos ojos ahora poseídos de maldad, ella gritó y su grito resonó en el pasillo vacío del tercer piso. Lo que vio fue suficiente para arrebatarle la cordura y para, por primera vez en su vida, hacerla desear su propia muerte.
 Pobre Lara, no sabía que eso era lo último que iba a obtener…    
 


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